Este 20 de enero de 2026, Donald Trump cumple un año desde que regresó a la Casa Blanca tras ganar las elecciones de 2024, iniciando su segundo mandato presidencial. Durante estos 12 meses, ha ampliado de manera significativa los márgenes de su autoridad ejecutiva, aprovechando el apoyo político de la mayoría republicana en el Congreso y recurriendo sistemáticamente a instrumentos como órdenes ejecutivas y declaraciones de emergencia para impulsar su agenda sin resistencia efectiva desde el Legislativo.
Analistas señalan que en este primer año Trump ha “llevado al límite la ley”, acumulando más de 200 decretos presidenciales que han moldeado áreas como migración, comercio y políticas internas sin necesidad de aprobaciones legislativas tradicionales. Estas acciones han permitido redefinir aspectos clave de la política estadounidense, desde vetos migratorios hasta recortes regulatorios y cambios en el tamaño del gobierno federal.
El uso de poderes de emergencia ha sido otro factor determinante: el presidente ha invocado estas facultades para implementar aranceles, restringir flujos migratorios y justificar medidas económicas o de seguridad sin requerir la intervención del Congreso. Algunas de estas decisiones han sido impugnadas ante tribunales federales, y se espera que la Corte Suprema emita fallos que podrían influir en su continuidad o alcance.
En política exterior, el Ejecutivo ha ordenado operaciones militares y otras acciones sin notificar previamente al Congreso, lo que ha suscitado críticas de líderes opositores que señalan un exceso de facultades en materia de guerra sin el contrapeso legislativo que establece la Constitución.
El papel de un Legislativo mayoritariamente armonizado con la Casa Blanca ha facilitado esta expansión de poder. El Congreso, dominado por sectores afines al presidente, ha mostrado poca resistencia a la agenda de Trump, aunque se han registrado episodios aislados de disenso en votaciones sobre temas presupuestarios o solicitudes de mayor información sobre operaciones en el exterior.
A un año de su regreso, la administración Trump se caracteriza por un Ejecutivo fuerte con escasos frenos institucionales efectivos, mientras diversos sectores políticos y sociales debaten sobre las implicaciones de este estilo de gobierno para el equilibrio de poderes y el futuro político de Estados Unidos.




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