Short que mancilló el honor Patrio

Ciudad de México, 24 de septiembre (NACIÓN 14).-  Son inconmensurables, sagrados, los símbolos patrios mexicanos: bandera tricolor, escudo e himno. Igual que la Virgen de Guadalupe.

Por gracia o desgracia, son de los pocos emblemas que dan identidad nacional.  

Por eso es que durante el llamado mes patrio desató ácido incordio, en redes sociales, la vestimenta de un púgil inglés.

Ocurrió en una función de box en Las Vegas, Nevada –donde casi siempre actúan mexicanos—celebrada el 14; en la parte trasera del short, a la altura de los glúteos, tenía impreso el escudo nacional, con el águila devorando la sierpe sobre el nopal.

En el consciente o inconsciente colectivo simbolizaba una hez.

Se sintió mancillado el honor patrio.

Más en el marco de la ceremonia del Grito de inicio de la Independencia de 1810, a cargo del Cura Miguel Hidalgo, que se celebra la noche del 15.

La T-Mobil Arena –de Las Vegas–, fue escenario de un combate estelar de peso completo entre el boxeador británico Tyson Fury contra el sueco Otto Wallin.

El inglés venció por decisión unánime.

Resultó folclórico, por usar un eufemismo, que el púgil, originario de Manchester, presentara varios distintivos mexicanos que llegaron a decantarse en un patrioterismo feroz.

Entre ellos, además del polémico short con el escudo, un jorongo  o poncho, también con el escudo nacional en el centro, a la altura del pecho,  y un sombrero de charro que usó en su presentación.

No obstante, lo que más llamó la atención, y causó malestar, sobre todo entre la comunidad mexicana de Las Vegas,  fue el calzoncillo con los colores de la bandera mexicana además del escudo en la parte trasera.

De fondo musical, previo al combarte, se escuchó la inmortal canción de José Alfredo Jiménez, El Rey, interpretada por un mariachi.

Incluso, Fury, también apodado Rey Gitano, utilizó una máscara del luchador mexicano Rey Mysterio durante la ceremonia de pesaje.

Además, el británico aseguró que su pelea era más “estilo mexicano” que las que suele sostener  Andy Ruiz Jr., actual campeón mundial de peso completo.

Ipso facto, Mauricio Sulaiman,  presidente del Consejo Mundial de Boxeo, en declaraciones a la prensa mexicana, justificó la acción de Tyson Fury y criticó el enojo nacional:       

“Esa reacción es exagerada”.

El CMB, por cierto, que avaló el combate, entregó al peleador inglés el cinturón maya conmemorativo tras la victoria.

“No cabe duda de que Fury es un digno merecedor de un premio que representa lo más grandioso de la cultura mexicana”, argumentó Sulaiman.

Según el titular del CMB, Tyson Fury salió acorazado con los símbolos patrios “como un sincero homenaje a México, un país por el que siente una verdadera devoción”.

No fue, argumentó, “una ocurrencia por la fecha de nuestras fiestas patrias, sino porque siempre ha mostrado una pasión por nuestro país y le dio un gran impulso en una función importante en Las Vegas”.

De ser mexicano, Tyson Fury habría sido sancionado por la Ley sobre el escudo, la bandera y el himno nacional porque faltó al respeto al escudo por portarlo en la parte trasera del short.

El cumplimiento de dicha normatividad está a cargo de la Secretaría de gobernación.

Hay otra arista que subyace en esta historia.

Si alguien burla dicha ley sobre los símbolos patrios son los dueños del balón, aglutinados en la Federación Mexicana de Futbol.

Como ninguna otra Federación nacional explota el sentimiento patriotero cuando juega la Selección Mexicana de Futbol.  Gracias a su poder omnímodo hacen negocio del sentimiento nacional que detona el balón.

Porque el Tri, en sentido estricto, no representa a un país.

Para nada.

Representa, vale aclarar, los intereses de los dueños del balón, en particular de las televisoras.  Fenómeno que no ocurre en otro país miembro de la FIFA.

Porque las principales televisoras mexicanas, curiosamente, son dueñas de equipos de futbol: Televisa del América, Grupo Imagen TV posee a Querétaro y TV Azteca es dueña de Morelia y Puebla.

Incalificables, en esta historia, amigos, el short y el balón.

Cataplasmas futboleras

Ciudad de México, 6 de Sep., (Nación).- Hace más de medio siglo el futbol mexicano, encorsetado por el férreo control que ejerce Televisa, tiene sueños de opio: ser campeón del mundo. Nada más ajeno la realidad. Aunque los zares del balón se ufanan de ser dueños de una de las mejores ligas del mundo la verdad es otra: es superada por  la MLS estadounidense. Sobre todo a nivel organizacional.

Amén de que cada vez más se complica al Tri vencer a los equipos de Conca-ca-f, una de las cinco confederaciones de la FIFA con el peor nivel futbolístico, de la mano de la asiática. Alguna vez fue considerado el “gigante” de la zona.  Aunque los Ratones Verdes parecen más pequeños.  

Cada cuatro años, al comenzar un ciclo mundialista, dueños del balón y aficionados se amalgaman en un curioso ente binario: Para unos el pingüe  negocio y para los otros, la ilusión rampante que siempre, irremediablemente, termina en fiasco.

México, vale decir, es campeón de la derrota. Basta escuchar el segundo himno nacional en los estadios, cuando se avecina el fracaso en la cancha:

Cielito Lindo –“…canta, canta, y no llores…” —

Hace varios mundiales la mayor quimera real parece inalcanzable: disputar el quinto partido.

No se hace desde 1986. Ni se hará. Aunque los roedores tengan en el timón al ínclito Gerardo Martino, ex técnico del Barcelona, Argentina y campeón con Atlanta en la MLS.

Sueños opiáceos del balón. Que van de la mano de aquella célebre frase de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura, respecto a la ceremonia del 15 de septiembre: los mexicanos gritamos afanes de libertad un momento efímero, para permanecer callados el resto del año.

Similar sucede con el Tri mundialista en fase de grupos: tres o cuatro partidos –máximo– y, después, la mar de frustración. Así es cada cuatrienio.

Y así será.

Per saecula saeculorum –por los siglos de los siglos–.   

Porque como dijo en 2017 a la revista Etcétera Ignacio Trelles, quien posee el récord de títulos en torneos largo, con siete, y dirigió a los Ratones Verdes durante casi tres lustros, y recién cumplidos 103 años, el pasado 31 de julio, máximo tlatoani del balón:

“México Jamás será campeón del mundo”.

Así de real. Así de letal.

Porque en sentido estricto el problema medular del balompié nacional no está en las piernas ni la cabeza de los jugadores. El meollo del asunto son los dueños del balón.

Porque, como dice el dicho: a mal amo mal esclavo.

Mas, México puede curarse en salud… o enfermedad. Según se vea. Orgullosamente tiene dos medallas colgadas al pecho, cataplasmas futboleras con fomentos de desilusión, avaladas por la FIFA en encuestas realizadas en redes sociales:

Pero sí, hay dos cosas relevantes: El gol más hermoso –de tijera–, en la historia de los mundiales, a cargo de Manuel Negrete, en 1986; y el mejor logo – dos circunferencias a manera de globos terráqueos y un balón en medio–  en copas del mundo hecho por un mexicano, curioso, también de ese año, elaborado por  Rubén Santiago.

Al fin cataplasmas para eternos sueños de opio.